Murad Ismael, presidente del Bloque de la Causa Ezidí en el Parlamento iraquí, ha acogido favorablemente el anuncio del Gobierno de que los combatientes de las YBŞ comenzarán a entregar sus armas al Estado y de que los miembros que cumplan los requisitos serán integrados en las instituciones oficiales de seguridad de Irak. En una declaración realizada tras una reunión con el primer ministro y la dirección de las YBŞ, Ismael calificó el acuerdo como un «primer paso en la dirección correcta» y lo presentó como una forma de proteger los derechos de los ezidíes al tiempo que se pone fin a la existencia de autoridades de seguridad rivales en Shingal.

A primera vista, esta postura no supone un cambio respecto a la posición que Ismael ha mantenido anteriormente. En repetidas ocasiones ha defendido que las fuerzas locales ezidíes deben recibir reconocimiento formal dentro de las estructuras oficiales del Estado, en lugar de ser trasladadas entre distintos mecanismos informales de seguridad. A principios de este año, propuso integrar a las YBŞ y a otras fuerzas locales ezidíes a través del Ministerio de Defensa, el Ministerio del Interior u otra institución oficial que dependa directamente del primer ministro. También ha insistido en que el futuro de Shingal no puede decidirse sin la participación de su población y ha rechazado la idea de una administración militar impuesta desde arriba.
Esta distinción es fundamental. Oponerse a un administrador militar o a un acuerdo de seguridad diseñado desde el exterior no equivale a oponerse a una integración negociada de los defensores locales. El acuerdo anunciado recientemente podría cumplir las condiciones planteadas anteriormente por Ismael si la dirección de las YBŞ y la comunidad ezidí afectada lo han aceptado realmente, y si sus miembros reciben un estatus jurídico, protección y una función claramente definida en la seguridad de su propia tierra.
Sin embargo, el anuncio público deja sin respuesta las cuestiones más importantes. El Gobierno afirma que se integrará a los miembros «aptos» de las YBŞ, pero no ha explicado quiénes cumplen los requisitos, cuántos combatientes estarán incluidos, dónde prestarán servicio, qué estructura de mando se aplicará ni qué ocurrirá con las unidades de mujeres y las estructuras ezidíes de protección civil. Tampoco está claro cómo se relacionará esta medida de seguridad con la administración civil, la representación política, la reconstrucción y el retorno de los ezidíes desplazados.
Ahí es donde comienza realmente la cuestión. El problema no consiste únicamente en determinar si las armas deben quedar bajo una autoridad legítima. La cuestión es si esta integración preservará un papel significativo de los ezidíes locales en materia de seguridad y si irá acompañada de la representación, la administración civil y las garantías necesarias para impedir que vuelva a tomarse una decisión sobre Shingal por encima de la voluntad de su población. Hasta que se publiquen las condiciones y quienes se ven directamente afectados las confirmen, el anuncio debe considerarse un compromiso que aún debe ponerse a prueba, y no la solución definitiva a la prolongada crisis de seguridad de Shingal.